La final traía un proceso de venta especialmente sensible: cada aficionado debía validar su acceso, recibir su código de manera ordenada y trazable y canjearlo después en los canales oficiales de UEFA.
No se trataba de habilitar una web. Había que conectar una plataforma propia con el ecosistema oficial de ticketing de UEFA, gestionar distintas fases de venta y perfiles de usuario, impedir duplicidades y soportar miles de solicitudes concurrentes en ventanas de máxima presión.
«Cuando participas en un proyecto vinculado a una final europea, la exigencia es máxima.»
«El reto no era únicamente desarrollar una plataforma, sino garantizar que todo funcionara en el momento exacto y bajo presión real.»